miércoles, 5 de noviembre de 2008

Volver

Palabras, otra vez las palabras, en este poco dinámico fluir hipomaníaco de significantes convulsos y un poco disparejos, pierdo el hilo, si pierdo el hilo con qué coso la herida, mañana viene la prisa, mañana viene el sol y una vez más comenzar la huída hacia el disimulo, la mirada atenta, la sonrisa fácil, la mano se apoya en otro brazo, palmea la otra espalda, acaricia el pelo de alguien, como si el cariño fuera eso, como si el resto importara al menos algo. Pero para qué aclarar la noche si así como está basta sobra y hasta estorba un poco, porque hace tanto que no miro la luna, te acuerdas? la luna cristalina siempre dejaba ver el otro lado de la noche, con los años (qué pocos son, qué hartos parecen) la luna se me ha puesto densa, densa y colorada como la vida, como el engaño de saberse y de creerse completa, figura cerrada, pero era cristalina yo misma al final de la jornada, me quise existencia y me gané un río de sal que no me llevaba a ninguna parte, al final siempre estaban las palabras, como riéndose de mi atrevimiento, volverás, me dijeron, y volvía.
Entonces todo se volvía extraño, como una nueva dimensión en que ya no importaba si decir o callar, las suaves ausencias de un mundo de figuras sólidas pero improbables, cómo quise yo calmar las ansias todas, cómo quise yo quemarme en un soplo de mi propia voz, pero era otra cosa, siempre usar más palabras de las adecuadas, siempre del otro lado unos ojos que interrogaban, no por lo que había detrás, sino por desentrañar lo evidente, lo que yo adornaba, oh, arte barroco de transfigurarlo todo y quedarse con las manos llenas de colores y con los ojos sombríos.
Sabemos que nunca fue suficiente, siempre quedó la sensación de haberlo desaprovechado, alguien le dijo que escribía, pero sólo había olvidado cómo llorar, era el engaño, palabras de sal que humedecían el mundo aunque no fuera notado, aunque no fuera notada. Al final del día quedaba reírse de su propia ingenuidad, eso y esperar la luna.
A pesar del tiempo, porque el tiempo tiene eso, que pasa y pesa en igual medida y siempre sonriente, a pesar el tiempo quedaban las escamas, nuevas cicatrices quemando la piel de quien se llagaba, quemando los pasos vencidos de espuma y de mundos abiertos.
No pasaba nada, sólo que el volver tenía eso, desprenderse de una herida como quien escribe, callarse las manos como quien se mata, abrirse camino como quien se miente, y volver pesaba no porque fuera volver, sino porque siempre era quedarse. Quedarse, única forma de dolerse.

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