Ocultar los trazos, se necesita ocultar los trazos.
El fantasma rueda por las habitaciones infinitas, se desespera, proque nadie le ha explicado si son infinitas en número o en tamaño, pero sigue rodando, las formas de su propio sueño se difuminan en el territorio hostil, cae una hoja, pero nadie asegura que toque el sueño.
Horas, el disimulado encanto de subvertirse, que es como divertirse pero plagado de colores y sonidos extravgantes, siempre al unísono, siempre como prueba tangible de su presencia etérea, más allá de donde las paradojas cobran sentido.
Hay un columpio al medio del mundo y todo a su alrededor rota y se traslada, parece que lo moviera el viento, pero en realidad no hay viento al medio del mundo, lo que hay es asco.
Falta algo en la múltiple escena del cazador de arcoiris, falta quizá una risa, un cabello corto y siempre en desorden, quizá falta la que se balancea al borde del tiempo, dentro del asco, a la espera del impulso que la lleve al otro lado de sí misma, quizá sólo falte la lluvia, para que esta vez haya recompensa.
El fraude, rebota el fantasma en un muro que quita toda la sensación de infinitud y que prolonga la tristeza, la verdad es que siempre prefirió la angustia; entonces recordó al cínico que fue cuando aún vivía, y lloró amargamente "¡Qué bella era la vida cuando no había esperanza! ¡Qué bella y qué fácil cuando me creía marioneta de algún dios cruel!
El Fraude, el cazador era más bien un oportunista, y al final lo mismo le daba si arcoiris o colilla húmeda de asfalto y noche en algúna de las ciudades que frecuentaba no tan a menudo.
Cómo no caer en el fraude... no es al final toda esta esta historia la máscara de una diferente?
Lo único que queda por hacer es no intentar, bajo ninguna circunstancia, descubrir el mecanismo que mueve el columpio, ahí nos quedamos sin nada, el no-rostro tras la máscara, la soledad y el miedo, la falta de asombro, el hielo.
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