No hay que parapetarse tras el resentimiento, no hay que parapetarse tras el dolor. Quién puede cerrar la herida si a fuerza de no decirla hemos perdido la capacidad de hallarla. Estalla el vano creer, el sentido de la vida y las mentiras de siempre, qué hace con su vozz robada, su falta de esperanza y su tardía razón. Hasta el más hondo sendero intentando perdere, pero siempre encuentra el camino a casa, se deja pistas, miente también en eso, en realidad se aterra y y se aburre y se quema y se muere y no importa. En qué condiciones buscar la vida, en qué condiciones retomar los rumbos todos, que no sea esta la mejor aparición de las desapariciones, cosas que decir pero las manos frías y nungún destino ni ganas, la energía desvanecida y algún "preciso momento" rugiendo y exaltando burlesco el pobre límite de sus tristes fuerzas. Lo importante era medir el tiempo, siempre fue medir el tiempo, siempre fue medir el tiempo y la distancia, reconocerse y darse forma desde la asusencia estridente de la otredad más propia, llenar los espacios vigilantes para no deicir las mismas palabras, elaborar acertijos para no gritar ni susurrar siquiera lo mismo de siempre.
Hay lugares desde los que no se vuelve, pero esos son los finales felices, al fin y al cabo, porque se vuelve, pero se vuelve otro, se vuelve ajeno, se vuelve vacío y deforme, se vuelve en silencio y a los gritos, se vuelve llorando. Se nace, pero la conciencia del vientre persiste en la memoria del fulminado por la vida no deseada.
No hab´ra historia que escribir, no habrá viajes, no habá hazañas, no habrá una sola persona que guarde nostalgia, no habrá vidas transformadas, no habrá méritos imperecederos, lo único que habrá serán quejas y esstupideces y el tiempo que poco a poco será lo único que quede.
Lejos de los jardines, todo se marchita feroz, nada sobrevive, pero permanece y se pudre ostentosamente, haciendo frente a la vida con la rebeldía absurda del que no tiene el poder de hacer daño, ni las ganas, ni la energía.
Una palabra. El mundo estalla y una palabra puede quebrar el viento. Quién podría decirla, quién podría siquiera saber qué palabra. El secreto es que es cualquiera, o quizá es la excusa, esta mendicidad hace pedir las migajas de lo que se desea, o es otra cosa, o no es nada, la desesperación, la certeza inaguantable de que así no, de que de ninguna manera se extirpa el dolor, a soledad, el silencio.
Una noche, caminar, hablar y decir, ser dicha, ser dicha, por una vez.